La madrugada de este pasado 3 de enero, Estados Unidos lanzó una operativa que tuvo por fin derrocar al dictador venezolano, Nicolás Maduro, y traerlo ante la justicia americana para ser juzgado por narcoterrorismo en el estado de Nueva York. El ataque tomó por desprevenidos no solo al régimen de Nicolás Maduro sino también al mundo entero en una intervención militar que el presidente Donald J. Trump considera como “exitosa y brillante”. La recientemente bautizada operación “Resolución Absoluta” consiguió atacar bases de uso militar clave para las fuerzas venezolanas. Ejemplo de ello fueron los ataques aéreos a la base de La Carlota, Fuerte Tiuna, enclaves en el estado de La Guaira, así como el aeródromo en Higuerote. Esta operativa relámpago, sin embargo, ha sido producto de meses e incluso años de tensión, y advertencias consecutivas.
¿De dónde venimos?
Históricamente, Venezuela y Estados Unidos siempre fueron socios comerciales clave en la región, no obstante, desde la llegada del expresidente venezolano Hugo Chávez al poder en 1998, las relaciones EE. UU.-Venezuela comenzaron a tornarse. De este modo, Hugo Chávez comenzaría a tender nuevas alianzas que simbolizarían el principio del fin de lo que una vez fue una Venezuela próspera. Con la muerte de Hugo Chávez, Nicolás Maduro sucedería la presidencia del país en el año 2013. Su mandato estuvo marcado por la represión política, una hiperinflación que alcanzaría cifras máximas en el año 2019, ruptura de toda relación con los Estados Unidos, embargo y sanciones a Venezuela, etc. No sería hasta 2020 que Estados Unidos iniciaría una búsqueda y captura por Nicolás Maduro debido a la dirección del conocido “Cartel de los Soles”.
Desde la perspectiva democrática, los venezolanos fueron víctimas de fraude electoral en diversas ocasiones en 2018 y recientemente en 2024, por ejemplo. En esta última vuelta electoral, la comunidad internacional se negó en reconocer una vez más a Maduro como presidente legítimo de Venezuela y fue el entonces opositor Edmundo González quién sería reconocido como presidente legítimo.
Desde el pasado mes de agosto de 2025, Estados Unidos ha desplegado efectivos militares en la región del caribe sur, con el supuesto fin de acabar con el narcotráfico en la región cercana a Venezuela. Desde dicha fecha, Estados Unidos ha mantenido su presencia militar cerca de las costas venezolanas que culminaron este sábado 3 de enero de 2026 con la captura del ejecutivo venezolano y su esposa.
¿Qué ocurrirá a partir de ahora?
Una de las mayores preocupaciones es el estado actual y futuro del sistema político venezolano. Ese mismo día 3 de enero en una rueda de prensa, un periodista preguntó al presidente qué grupo de los mencionados gobernaría Venezuela. El mandatario respondió: “Por un cierto período de tiempo gobernarán aquellas personas detrás de mí…” De este modo las alarmas han saltado en la comunidad internacional reprochando el intervencionismo estadounidense. Muchos confiaban en que Corina Machado lideraría una supuesta transición, pero ello no será posible de momento puesto que el presidente Trump ha considerado que Corina Machado “…no goza del respeto necesario”. Actualmente, la administración Trump dice contar con la colaboración de la vicepresidenta Delcy Rodríguez para una transición segura en el país. No obstante, Trump no aclaró quién lideraría la transición solo el poder de facto, mientras que Delcy Rodríguez se opone a la tutela extranjera.
¿Y ahora qué?
La intervención militar ha engendrado opiniones encontradas. Se debate acerca de la legitimidad y la frecuencia de la injerencia estadounidense con el fin de asegurar los intereses americanos. La intervención en Venezuela se suma a una amplia lista de operativas semejantes; desde Afganistán hasta Venezuela, queda cada vez más claro el cariño especial de los Estados Unidos de América por los estándares internacionales correspondientes. El narcotráfico no supone más que una excusa práctica con la que poder justificar la operación “Resolución Absoluta”. El principal objetivo de la administración Trump, no es el petróleo venezolano, que es pesado y más complicado de extraer. El principal objetivo de Estados Unidos pasa por debilitar a su primordial competidor geopolítico, China. Estados Unidos quiere asegurarse que, aquel que se había convertido en uno de los más fieles socios del régimen venezolano, no ronda en su patio trasero. Del mismo modo, la caída del régimen venezolano puede asegurar un mayor aislamiento estratégico para regímenes como Cuba o Nicaragua.
Por otro lado, millones de venezolanos celebran en todo el mundo la captura de Nicolás Maduro. Las calles de ciudades como Madrid, Miami o Buenos Aires se han llenado de banderas venezolanas que, repletas de esperanza, desean disfrutar de una Venezuela por fin libre, y próspera. Millones de venezolanos refugiados podrán por fin tener la oportunidad de regresar a sus hogares.
En cualquiera de los casos, tanto el retorno de expatriados venezolanos, como la transición a la nueva democracia deberán contar con garantías sólidas y sostenibles que garanticen un cambio integro. La intervención no solo demuestra una preocupación para el Derecho Internacional, sino también un cambio de rumbo hacia un sistema internacional donde incluso aquellos que contribuyeron en su concepción debilitan algunos de sus principios más fundamentales. Este puede tan solo ser el comienzo de un nuevo orden mundial donde sean las normas internacionales las que adquieran un segundo plano siendo remplazadas por la fuerza y la ley del más fuerte.
Mientras tanto, el mundo se cubre de banderas tricolores y millones de voces se alzan al unísono para proclamar: «¡Que viva Venezuela!».
