Hay países que desaparecen del mapa de la atención internacional sin que nadie lo decida formalmente. Myanmar es uno de ellos. No porque no ocurra nada, en Myanmar ocurre todo: una guerra civil de cuatro años, más de 3,5 millones de desplazados, ejecuciones, bombardeos sobre civiles… Sin embargo, lo que ocurre ha dejado de sorprender. El conflicto se ha vuelto predecible en su horror, y lo predecible no genera titulares.
Pero bajo esa superficie de aparente estancamiento, algo se ha movido con sigilo en los primeros meses de 2026. El régimen militar de Myanmar, liderado por el general Min Aung Hlaing (ahora autoproclamado presidente tras unas elecciones sin oposición celebradas a finales de 2025), ha ejecutado la maniobra diplomática más sofisticada desde el golpe de 2021. El general ha comenzado a salir del aislamiento sin haber cambiado nada en sus métodos.
EL GOLPE DE ESTADO
El ejército birmano, llamado Tatmadaw, dio un golpe de Estado en febrero de 2021 que nunca terminó de transformarse en un régimen estable. A diferencia de otros golpes militares que lograron consolidar el control en pocos meses, la junta se encontró ante una resistencia armada orgánica, descentralizada y sorprendentemente eficaz. Entre los grupos en contra de la junta se encuentran: el Ejército de Arakán en el estado de Rajine, la Alianza de las Tres Hermandades en el norte, y las Fuerzas de Defensa del Pueblo creadas por el Gobierno de Unidad Nacional como brazo armado de la resistencia.
En 2024, esas fuerzas lograron avances territoriales sin precedentes, capturando bases militares estratégicas en las regiones fronterizas con China, India y Bangladesh. El Tatmadaw, diseñado para la represión interna más que para el combate convencional, demostró sus límites frente a coaliciones de guerrillas coordinadas. Como consecuencia, la única respuesta que supieron ejercer fueron los ataques aéreos indiscriminados, incluyendo contra población civil.
Esta escalada de violencia no refleja fortaleza. Refleja incapacidad de ganar la guerra en el terreno. Y es precisamente esa fragilidad la que explica la urgencia diplomática de 2025.
LA NORMALIZACIÓN DEL RÉGIMEN Y SU LAVADO DE IMAGEN
La pieza central de la maniobra de Min Aung Hlaing han sido las elecciones celebradas a finales de 2025. El diseño fue transparente en sus intenciones: se convocaron sin participación de la oposición principal, con cientos de partidos y candidatos vetados, y en un contexto donde cualquier crítica podía acarrear detención. El resultado era previsible, ya que salió victorioso el partido del ejército y formalización de Min Aung Hlaing como presidente civil, abandonando el título de jefe de la junta.
Este cambio de nomenclatura es revelador. La junta no busca una transición real (no la ha habido) sino una transición de imagen. Las elecciones no son un paso hacia la democracia sino un instrumento diplomático por el cual puedan dotar al régimen de apariencia institucional. Así sus vecinos pueden justificar el restablecimiento de relaciones sin demasiado coste político.
La reciente liberación de Win Myint, expresidente encarcelado desde el golpe, responde a la misma lógica. Sin embargo, Aung San Suu Kyi, premio nobel de la paz y símbolo de la democracia en Myanmar, sigue en prisión. Su liberación sería la verdadera prueba de credibilidad, porque ella representa la legitimidad democrática. Además, fue la líder elegida por el pueblo birmano y el símbolo reconocido internacionalmente de esa elección. Mantenerla encarcelada es, en sí mismo, la prueba de que no ha habido ninguna reconciliación real. Liberar a figuras de segundo plano mientras ella permanece detenida permite al régimen gesticular sin ceder nada que importe. Tailandia ya ha calificado la liberación de Win Myint de “paso positivo en consonancia con las expectativas de la ASEAN”, lo que ilustra precisamente cuán bajo se ha fijado el listón.
LAS RELACIONES CON CHINA Y RUSIA
Ningún análisis de Myanmar tiene sentido sin situar a China en el centro del tablero. El Corredor Económico China-Myanmar (CMEC), parte de la iniciativa Belt and Road, conecta la provincia de Yunnan con el golfo de Bengala. Esto da a Pekín acceso al océano Índico y reduce su dependencia del estrecho de Malaca. Es un interés estratégico de primer orden para el gigante asiático.
No obstante, la guerra civil amenaza sus intereses ya que desestabiliza las rutas de tránsito y coloca a grupos étnicos armados (algunos vinculados a redes de crimen organizado que han generado escándalo en China) en zonas fronterizas con Yunnan. El resultado es que Pekín busca estabilizar al país, pero no necesariamente con la victoria de la junta. Hay indicios de que China ha presionado discretamente a grupos étnicos armados para que moderen sus ofensivas, y de que fue presión china la que llevó a algunos de esos grupos a reconocer formalmente el nombramiento presidencial de Min Aung Hlaing.
Asimismo, Rusia ocupa un papel distinto, ya que es el patrocinador ideológico y el proveedor de impunidad multilateral. Desde 2021, Moscú ha sido el principal suministrador de aviones de combate a la junta (los mismos que bombardean civiles) y ha vetado en el Consejo de Seguridad de la ONU cualquier resolución vinculante contra el régimen. Min Aung Hlaing ha visitado Rusia en cuatro ocasiones desde el golpe, más que a ningún otro país. A cambio, la junta ha adoptado el discurso ruso de la “soberanía amenazada”, por el cual las sanciones occidentales no son consecuencia de la represión, sino prueba de injerencia extranjera. Un lenguaje que no convence en el interior del país, donde la resistencia sigue siendo masiva; pero que funciona como escudo retórico en foros regionales.
EL ROL DE LA ASEAN
La ASEAN ha sido el escenario donde la estrategia de normalización ha encontrado mayor tracción, y también donde su fragilidad queda más expuesta.
Para entender las relaciones entre la ASEAN y Myanmar, hay que entender el “consenso de los cinco puntos”. En 2021, pocas semanas después del golpe, la ASEAN negoció con la junta un acuerdo conocido como el “consenso de cinco puntos”. Este acuerdo trataba en su contenido un alto el fuego, diálogo entre todas las partes, acceso humanitario, nombramiento de un enviado especial regional y apertura de ese enviado a visitar el país. La junta lo aceptó, pero no se implementaron ninguno de los cinco puntos. El enviado especial fue bloqueado sistemáticamente, el diálogo nunca se produjo y la violencia escaló. La ASEAN, que no tiene mecanismos coercitivos y opera por consenso, se encontró sin herramientas para responder. Su única medida fue excluir a los representantes militares birmanos de las cumbres de alto nivel, es decir, un gesto simbólico.
Ese consenso simbólico se está erosionando ahora sin que haya cambiado nada en Myanmar. La cumbre BIMSTEC celebrada en Bangkok en abril de 2025 fue el primer momento en que Min Aung Hlaing pisó suelo de un país de la ASEAN desde el golpe, invitado por Tailandia, que argumenta razones pragmáticas (seguridad fronteriza, flujos de refugiados, o cooperación contra el narcotráfico). Poco después, el canciller tailandés realizó una visita oficial a Naipyidó. En la actualidad, Tailandia, Camboya y Laos apuestan por el reestablecer relaciones.
El problema es que la junta ya demostró en 2021 que acepta compromisos que no tiene intención de cumplir cuando eso le permite salir del aislamiento. Reincorporarla sin condiciones verificables no es abrir un canal de diálogo; es ofrecerle legitimidad internacional a cambio de nada.
EL VACÍO OCCIDENTAL
El repliegue de Estados Unidos y Europa del espacio birmano no es nuevo. Myanmar nunca fue una prioridad estratégica para Washington; fue, durante unos años, un relato útil sobre democratización exitosa. Cuando ese relato se rompió en 2021, el interés se diluyó con él.
La administración Trump ha llevado ese desentendimiento a un extremo funcional. La congelación de la ayuda exterior ha golpeado directamente las operaciones humanitarias en Myanmar, donde la ONU ya operaba con apenas el 5% de la financiación solicitada. La decisión de retirar el estatus de protección temporal a miles de desplazados birmanos en Estados Unidos confirma que el país ha salido del cálculo geopolítico norteamericano.
Europa mantiene formalmente las sanciones (fueron renovadas en 2024 contra más de un centenar de individuos y entidades vinculadas a la junta) pero sin el mercado estadounidense y sin presión regional complementaria, su alcance es limitado. El régimen ha construido mientras tanto una economía paralela suficientemente funcional para mantener satisfecha a la élite militar. Aun así, el kyat ha perdido más del 60% de su valor desde el golpe y la fuga de jóvenes es masiva, pero eso no afecta a quienes controlan el acceso a los recursos naturales del país.
PERSPECTIVAS A FUTURO
La trayectoria de 2025 ilustra una “normalización por agotamiento”. Un régimen que sobrevive no porque haya ganado la guerra ni porque haya obtenido legitimidad popular, sino porque sus adversarios internacionales carecen de voluntad sostenida y sus patrocinadores tienen intereses concretos en su continuidad.
Para China esto es un arreglo aceptable mientras garantice el corredor económico. Para Rusia, un caso de estudio sobre la resiliencia de los regímenes no alineados con Occidente. Para la ASEAN, un problema que prefiere gestionar que resolver.
Lo interesante es cómo acabará desarrollándose esta situación. El escenario más plausible no es la victoria de ninguno de los dos bandos, sino la consolidación de una partición fáctica del territorio. La junta controlará las ciudades principales, las infraestructuras críticas y los recursos naturales del centro y el sur del país. Las organizaciones étnicas armadas consolidarán el control sobre amplias zonas fronterizas, donde ya funcionan como administraciones de facto con sus propias estructuras fiscales, judiciales y de seguridad. No habrá un acuerdo formal (ninguna de las partes tiene incentivos para negociar desde una posición de debilidad relativa) pero el frente se estabilizará en líneas que ambos bandos aprenderán a gestionar.
En ese contexto, la estrategia de normalización de Min Aung Hlaing tiene más probabilidades de éxito diplomático que militar. La ASEAN terminará reintegrándole plenamente, probablemente antes de que acabe 2026, bajo la fórmula del “diálogo inclusivo” que permite a cada miembro del bloque interpretar el restablecimiento de las relaciones según sus propios intereses. China seguirá ejerciendo presión discreta sobre ambas partes para proteger el CMEC, funcionando en la práctica como el árbitro no declarado del conflicto. Y Occidente, salvo un cambio de administración en Washington que reoriente las prioridades de política exterior, continuará en un papel marginal.
El único factor que podría alterar este equilibrio es interno. Una fractura dentro de la propia cúpula militar, o un colapso económico tan pronunciado que erosione la lealtad de los mandos medios del Tatmadaw. Ambas posibilidades existen, pero no tienen calendario.
Myanmar no ha salido del aislamiento, simplemente ha aprendido a administrarlo. Y el mundo, una vez más, está dispuesto a dejar que lo haga.
