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Mientras China derriba su Gran Muralla, Estados Unidos levanta nuevos muros: la paradoja del orden internacional contemporáneo.

La cumbre celebrada en Pekín el mes de mayo pasado, entre el presidente de Estados Unidos y su homólogo chino, ha puesto de manifiesto elementos geopolíticos de mayor calado que los que se aprecian a primera vista. En efecto, aunque el encuentro no ha derivado en la formalización de un pacto de convivencia sino-estadounidense ni en avances sustanciales hacia un acuerdo de paz con Irán, sí permite extraer conclusiones relevantes en términos de la nueva relación planteada entre las dos superpotencias.

La Cumbre allanó el camino para una cierta distensión comercial (aranceles), aunque no se alcanzaros acuerdos concretos en las áreas más sensibles como la rivalidad tecnológica (Inteligencia Artificial o Ciberseguridad) o Taiwán. Donde sí se produjeron avances es en la aparente convergencia entre Washington y Pekín en relación a la necesidad de garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz, sobre todo atendiendo a las declaraciones del propio Trump “Tenemos una opinión muy similar sobre Irán: Queremos que la guerra se acabe y que el estrecho de Ormuz se abra. No queremos que Irán tenga un arma nuclear “. Dicha percepción resulta, en realidad, limitada. China mantiene su posición de equilibrio, preservando su relación con Irán y adoptando un enfoque prudente. Ambas potencias coinciden en que Irán no debe desarrollar armas nucleares y en la importancia de asegurar la libertad de navegación en el estrecho, pero de ello no puede inferirse un compromiso por parte de Pekín para ejercer presión sobre Teherán y menos aún, en los términos exigidos por Estados Unidos. 

No obstante, más allá de los resultados explícitos del encuentro, la cumbre sí ofrece indicios claros de la transformación —ya evidente— del paradigma internacional. En particular, si analizamos la utilización del presidente chino del término “estabilidad estratégica constructiva”[1] durante las reuniones. 

Este término implica la equiparación entre EEUU y China La estabilidad ya no se concibe únicamente como ausencia de conflicto —tal y como ocurría durante la Guerra Fría—, sino como un equilibrio dinámico en el que la competencia es inherente, pero debe ser canalizada de forma “constructiva”. Es decir, se consolida la idea de que el sistema internacional contemporáneo tiende hacia una bipolaridad de facto, en la que Estados Unidos y China configuran los polos centrales de poder, y donde la confrontación abierta se percibe como un escenario cuyos costes superarían ampliamente sus potenciales beneficios[2].

Además, las políticas de ambas potencias, en especial, la política exterior desarrollada por Donald Trump, demuestran claramente una transformación del orden internacional. De forma paradójica, mientras Estados Unidos construye muros, China derriba sus tradicionales murallas frente a occidente. Esta divergencia genera una inversión de roles: Washington, tradicionalmente garante del orden liberal internacional muestra un comportamiento más unilateral, coercitivo e imprevisible (se refleja, por ejemplo en las amenazas constantes a Irán), mientras que Pekín busca proyectarse como un actor responsable y estabilizador, tal y como demuestra con su visión de una estabilidad estratégica constructiva y en su actual posición de neutralidad durante el conflicto en Oriente Medio.

Esta dinámica de Estados Unidos se observa con más detalle en sus recientes actuaciones en Venezuela, el ya mencionado Irán o, más recientemente, Cuba. En estos casos, la política exterior de Trump se caracteriza por el recurso intensivo a sanciones económicas, presión diplomática y declaraciones confrontativas. 

El paradigma liberal fomentado tradicionalmente por EEUU se sustentaba en la promoción de la globalización económica, el fortalecimiento de las instituciones multilaterales, la expansión de la democracia y la consolidación de alianzas estables, especialmente en el marco de la OTAN. En este contexto, las intervenciones militares estadounidenses —como en Irak, Afganistán o Libia— se legitimaban discursivamente mediante referencias a la defensa de los derechos humanos, la promoción de la democracia, la lucha contra el terrorismo y la preservación de un “orden internacional basado en reglas”. Europa, en este esquema, actuaba como socio preferente y como extensión política del liderazgo estadounidense.

Las últimas actuaciones de Trump aclaran, por si alguien aún tenía alguna duda, una ruptura con este paradigma liberal. La lógica del liderazgo global y la teoría liberalista, es sustituida por una pregunta fundamentalmente utilitarista: qué obtiene Estados Unidos de cada relación o compromiso. Este cambio tiene implicaciones directas sobre la naturaleza de las alianzas, que se han convertido en relaciones contingentes y negociables. En consecuencia, la OTAN y los socios europeos hemos pasado a ser relegados a un segundo plano, fuera de los muros de la política exterior norteamericana.

Mientras tanto, el reposicionamiento chino, se presenta más diplomático que en etapas anteriores y profundamente interesado en consolidar una imagen de actor fiable y responsable en el sistema internacional. Así se refleja con claridad en su discurso respecto al conflicto con Irán, donde insiste en la necesidad de diálogo, mediación y estabilidad, subrayando su disposición a mantener canales abiertos tanto con Teherán como con Washington. Actualmente, China proyecta una imagen de neutralidad activa que aspira a situarla como garante del equilibrio internacional, un rol que, no hace tanto, era característico de Estados Unidos en su condición de líder del orden liberal.

Desde esta perspectiva, sería normal preguntarse hasta qué punto resulta sostenible —y rentable— que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, esté abandonando y cediendo a su rival, China, ese papel tradicional de estabilizador. Sobre todo, porque la política de Trump está marcada por un factor de incertidumbre: la discontinuidad de la política exterior estadounidense tras cada cambio de administración. La alternancia entre enfoques divergentes (romper con el liberalismo vs retomarlo en cuestión de un par de años si retorna un gobierno demócrata en EEUU) no solo puede erosionar la credibilidad internacional de Estados Unidos, sino también generar dudas sobre la fiabilidad de sus compromisos a largo plazo.

La política exterior de EEUU da señales de inconsistencia, lo que debilita la estabilidad del modelo democrático en el ámbito global. China, con su modelo de totalitarismo suave, aparentemente pacifista, se ofrece al mundo como el nuevo garante de la estabilidad internacional. La respuesta de las naciones a este ofrecimiento marcará un nuevo orden mundial. Europa debe decidir dentro de qué muros quiere vivir:  la muralla aparentemente abierta pero incierta del orden chino, las estrictas barreras actuales del tradicional aliado americano, o unas reglas del juego diseñadas por los propios europeos, cuyo peso internacional debe crecer a base de unidad política, fortaleza económica y autonomía militar.  


[1] El concepto de “estabilidad estratégica” tiene su origen en el ámbito académico de la Guerra Fría para describir un escenario de disuasión nuclear en el que ninguna de las superpotencias tenía incentivos para lanzar un ataque preventivo. La reformulación contemporánea del concepto bajo la expresión “estabilidad estratégica constructiva” introduce un matiz que refleja el reconocimiento implícito de una relación competitiva entre ambas potencias, combinada con la necesidad de gestionar dicha rivalidad dentro de márgenes que eviten una escalada directa.

[2] Xi Jinping inauguró la Cumbre con una alusión a intentar evitar la “Trampa de Tucídides” entre EEUU y China para crear un nuevo modelo de relaciones entre grandes potencias. La Trampa de Tucídides evoca la Guerra del Peloponeso: cuando una potencia emergente (Atenas) compite políticamente con otra potencia dominante (Esparta), el resultado final es inevitablemente la guerra

Alicia González Pérez, Analista Colaboradora