La inteligencia artificial: transformación tecnológica, poder y desafíos para la sociedad

En 1950, Alan Turing, matemático británico y padre de la informática moderna, planteó una cuestión fundamental: “¿Pueden las máquinas pensar?” Esta pregunta es la base de la reflexión sobre la relación entre el hombre y la máquina. La inteligencia artificial constituye una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo, porque redefine dinámicas sociales, económicas y políticas. No se trata de una tecnología neutral, ya que es capaz de modificar los equilibrios de poder a nivel mundial. De ahí que el debate no puede quedarse en la fascinación o temor, sino reflexionar sobre cómo encauzar este desarrollo.

Lejos de limitarse a ser una herramienta neutral de progreso, la inteligencia artificial ha adquirido un papel estructural en la evolución de las sociedades. La adopción de esta tecnología tiene el potencial para transformar el mercado laboral, generando tanto oportunidades como riesgos. Si bien el efecto agregado aún resulta incierto, sí hay proyecciones. Según un informe de Goldman Sachs, hasta 300 millones de empleos en todo el mundo podrían ser automatizados o transformados por la inteligencia artificial. No obstante, se remarca que afectaría principalmente a tareas rutinarias y repetitivas. A pesar de ello, este proceso no implica únicamente destrucción, pues también aparecerán nuevas profesiones ligadas a la supervisión, desarrollo y entrenamiento de sistemas inteligentes.

Conviene subrayar también que el impacto económico de la inteligencia artificial es ya tangible y promete ser aún mayor en los próximos años. El Fondo Monetario Internacional ya ha señalado que la adopción de sistemas inteligentes incrementará la productividad global en un 0,5% durante la próxima década, de ahí que su potencial sea indiscutible. Es gracias a su transversalidad que esta revolución digital está revolucionando procesos productivos, expectativas y narrativas. No obstante, la historia económica demuestra que no toda promesa de eficiencia se traduce en prosperidad real. El Banco de Inglaterra advierte que los múltiplos de empresas relacionadas con la inteligencia artificial se aproximan peligrosamente a los de la burbuja de las puntocom. En este contexto, hay una innovación real, pero también una especulación desmesurada de optimismo.

A todo ello se añade el hecho de que, tal y como declara Fareed Zakaria, la tecnología es la nueva forma de poder geopolítico. La competencia entre EEUU y China, donde la Unión Europea busca su espacio, conduce a una lógica de carrera y velocidad que prevalece sobre la propia seguridad y regulación. Además, esta carrera está llevando a la concentración de poder en nodos críticos. Por ejemplo, los semiconductores, denominados el oro del siglo XXI, han llevado a que Taiwán o Corea del Sur se conviertan en enclaves estratégicos. La propia globalización nos conduce a una paradoja ya que, a más globalización, más vulnerabilidad en caso de interrupción en estos países, por el mero hecho de que el mundo actual se ha convertido en lo que Parag Khanna define como “geoeconomía en red”.

Pero, este avance plantea una serie de retos que agudizan las tensiones ya existentes en la sociedad. La directora del Fondo Monetario Internacional, Kristina Georgieva, afirmó que la inteligencia artificial tiene el potencial de cerrar brechas, pero en la práctica puede ampliarlas. A nivel internacional esto se observa a partir del dato que proporciona el Informe Global de Brecha Digital que indica que el 33% de la población mundial sigue sin acceso a Internet, lo que limita su acceso a educación, información y servicios. A pesar de ello, la tecnología no es neutral ni equitativa, pues llega a ahondar aún más la desigualdad dentro de las sociedades hiperconectadas creando unas élites que concentran la riqueza, los datos y la influencia, lo que Shoshana Zuboff define como “capitalismo de vigilancia”.

Otro de los grandes retos es el propio diseño de estos sistemas inteligentes. El uso de algoritmos opacos tiene efectos políticos principalmente a través de las campañas de desinformación. Richard Haass señaló como causas del declive de las democracias la polarización y la desinformación. Ello ha provocado la reconfiguración del debate político que se caracteriza por el surgimiento de “microesferas” donde los problemas se simplifican a golpe de clic y mediante tuits de 100 caracteres. En este acuerdo, y gracias a la lógica algorítmica, los mensajes simples se ven favorecidos, una dinámica que responde a la lógica de la “economía del ataque y la defensa”.

Ante la situación de competencia previamente mencionada, regular la inteligencia artificial representa uno de los desafíos más complejos de este siglo. El mercado mundial tecnológico actual está controlado por 5 corporaciones que determinan qué tecnologías se priorizan, qué aplicaciones se desarrollan y cuándo. No obstante, la velocidad del desarrollo tecnológico lleva a que sean las propias empresas tecnológicas las que piden ralentizar el desarrollo de la IA vistas las consecuencias que esta podría tener para la humanidad. Recientemente, los cuatro gigantes de la IA (Anthropic, OpenAI, SpaceX y Google) llamaron una gobernanza innovadora y responsable. En este contexto, los gobiernos no son meros espectadores, pues buscan orientar la innovación hacia fines estratégicos. Donald Trump declaró que se pueden establecer límites, pero que EEUU debe seguir siendo líder en IA frente a China y que estas advertencias no deberían plantearse en este momento.  

Ante esta situación, la comunidad internacional ha comenzado a intentar encauzar este desarrollo. Si bien la inteligencia artificial supone una revolución en el ámbito laboral, lo cierto es que como declara el economista Robert Baldwin, la ciudadanía debe aprender a trabajar con ella, no temerla. La alfabetización digital resulta vital para preparar a la sociedad a comprender, evaluar y participar en ecosistemas digitales. El problema no es que las máquinas piensen como los humanos, sino que los humanos dejen de pensar como tales. De ahí, que ya haya países que hayan empezado a implantar programas de alfabetización digital como Finlandia, desde primaria, o Singapur y Alemania donde estos programas van dirigidos a trabajadores de sectores tradicionales para prepararlos para un entorno digitalizado.

Con el objetivo de garantizar los derechos de los individuos frente el desarrollo tecnológico, ha surgido un cuerpo normativo para equilibrar innovación y derechos fundamentales. En este marco destaca la Unión Europea con diversos instrumentos como el Reglamento General de Protección de Datos, la AI Act así como la Digital Markets Act. Además, a partir de ello, la comunidad internacional también ha desarrollado marcos para prevenir riesgos y alcanzar una mayor equidad, aunque carecen de carácter vinculante. Por un lado, destaca el Global Digital Compact del Pacto del Futuro de NNUU donde por primera vez el terreno digital tiene papel protagonista. Por otro lado, en la Cumbre sobre el Impacto de la IA en la India este año, se firmó el mayor acuerdo en esta materia por 58 países. Además, el Secretario General, Antonio Guterres, recordó que la tecnología del futuro debe pertenecer a la humanidad.

En esta misma línea, ya se han producido avances para respetar el duopolio que caracteriza este sector. La Unión Europea buscando una mayor autonomía ha desarrollado la plataforma STEP para apoyar el desarrollo de tecnologías críticas y países como Francia ya ha conseguido que su IA nacional, Mistral AI, consiga una valoración por encima de los 10 billones de dólares. Aunque resulte paradójico es en EEUU donde se ha limitado y endurecido la actuación de empresas tecnológicas. Este mismo año, se dictaron sentencias históricas contra Meta y Youtube declarándolas responsables por la adicción de menores a las plataformas calificándolas de negligentes. Del mismo modo, tanto la justicia estadounidense como la europea han condenado a Meta o Google por prácticas monopolísticas dañando los derechos de los usuarios. Se observa, por tanto, una toma de conciencia de los propios Estados de la necesidad de controlar los avances tecnológicos y conductas de estas empresas para encuadrarlas en unos límites que hagan prevalecer los derechos e intereses de la sociedad.

La inteligencia artificial se presenta, por tanto, como una herramienta transformadora. Su potencial es enorme, pero plantea retos profundos. Si bien estos no son insuperables, sí requieren respuestas integradas. Su impacto dependerá de cómo se gestionen los riesgos y se implementen las soluciones, como afirmó Muhammad Yunus: la tecnología es importante, pero lo que realmente importa es qué hacemos con ella.

Loreto Arnau Moreno, Analista Colaboradora