El Estado-nación: ¿una regresión para volver a defenderse?

Europa vuelve a hablar de guerra. No de misiones de estabilización en terceros países ni de operaciones limitadas en el exterior, sino de la posibilidad de tener que defender nuevamente su propio territorio.

Desde la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, la defensa ha vuelto al centro de la agenda europea. La Brújula Estratégica planteó la necesidad de reforzar las capacidades militares, la movilidad, la ciberdefensa y la industria europea. A partir de ahí se han sucedido instrumentos dirigidos a aumentar la producción de armamento, favorecer las compras conjuntas y reducir dependencias exteriores. La Defence Readiness Roadmap 2030 trata ahora de convertir esa ambición en plazos y capacidades concretas, mientras avanza también la idea de un “Schengen militar” que facilite el movimiento de tropas y material por el continente.

Europa, en definitiva, se prepara.

Pero hay una pregunta más incómoda: ¿quién defendería realmente Europa?

La integración europea permite financiar capacidades comunes, coordinar adquisiciones, desarrollar una industria de defensa y mejorar la movilidad militar entre los Estados miembros. El problema aparece en el momento en que esas capacidades deben utilizarse. Porque, pese a décadas de integración, los ejércitos siguen siendo nacionales.

Son los gobiernos quienes deciden cuánto invertir en defensa, qué capacidades desarrollar, dónde desplegar a sus soldados y, llegado el caso, si están dispuestos a enviarlos a una guerra.

Clausewitz ayuda a entender por qué esto importa.

Para el estratega prusiano, la guerra no constituye una realidad independiente de la política, sino un instrumento de esta. La capacidad militar necesita, por tanto, una autoridad política capaz de definir intereses, movilizar recursos y asumir los costes de defenderlos. Tener medios no basta si no existe voluntad para utilizarlos.

Y esa voluntad, al menos por ahora, continúa residiendo fundamentalmente en el Estado.

Ahí aparece la paradoja de la defensa europea. Europa puede avanzar mucho en la integración de sus capacidades militares y, aun así, encontrarse con un límite que no es técnico ni industrial, sino político. Bruselas puede contribuir a financiar sistemas antiaéreos, impulsar una industria europea de drones o eliminar obstáculos para que una brigada pueda desplazarse rápidamente desde España hasta Polonia. Pero no puede sustituir automáticamente la decisión de los gobiernos sobre cuándo y por qué deben combatir sus fuerzas armadas.

Europa está construyendo capacidades comunes sin haber construido todavía una autoridad política común equivalente.

Una defensa europea cada vez más nacional

A ello se suma la transformación de la relación transatlántica. Estados Unidos lleva años prestando una atención estratégica creciente al Indo-Pacífico. Eso no equivale a un abandono de Europa, pero deja a los aliados europeos ante una realidad menos cómoda: tendrán que asumir una parte mayor de su propia defensa.

Durante décadas, gran parte de Europa pudo permitirse reducir sus capacidades militares bajo el paraguas de seguridad estadounidense. Ahora ese modelo empieza a mostrar sus límites.

Puede que Europa no termine construyendo un ejército europeo. Puede que el resultado sea más sencillo: Estados militarmente más fuertes que necesiten cooperar entre sí.

Algo de esta lógica ya puede verse sobre el terreno. Polonia ha hecho de la defensa territorial una prioridad estratégica, mientras que bálticos y nórdicos han estrechado su cooperación frente a Rusia. Francia continúa defendiendo una visión propia de la autonomía estratégica y conserva su disuasión nuclear. Alemania, por su parte, está asumiendo un papel creciente en la defensa convencional del continente.

Esto no implica necesariamente una desintegración europea. Lo que parece dibujarse es algo diferente: una europeización de las capacidades acompañada de un reforzamiento del Estado como actor estratégico.

La UE aportaría financiación, industria, escala y coordinación. La OTAN, interoperabilidad, planificación y defensa colectiva. Los Estados conservarían, sin embargo, aquello que Clausewitz consideraría fundamental: la voluntad política.

La velocidad de las amenazas y la velocidad de Europa

Pero hay otra dificultad: el tiempo.

Los grandes programas europeos de defensa están pensados para finales de esta década. Aumentar la producción de munición, modernizar infraestructuras, desarrollar nuevas capacidades industriales o armonizar los movimientos militares requiere años. Las amenazas estratégicas, sin embargo, no esperan a esos calendarios.

Ese desfase importa: las instituciones se mueven a una velocidad y las crisis, a otra.

La historia europea ofrece numerosos ejemplos de Estados que, ante la lentitud o insuficiencia de las estructuras colectivas, han recurrido a acuerdos bilaterales, alianzas regionales o coaliciones con quienes compartían una percepción similar de la amenaza. El periodo de entreguerras ofrece algunos precedentes, aunque la comparación con la Europa actual tiene límites evidentes: ni la UE ni la OTAN se parecen institucionalmente a la antigua Sociedad de Naciones.

La cuestión de fondo, sin embargo, sigue siendo válida. La credibilidad de una arquitectura de seguridad depende también de que pueda reaccionar antes de que una amenaza se convierta en un hecho consumado.

¿Una regresión?

Hablar de un “regreso” al Estado-nación puede ser, en realidad, engañoso.

El Estado nunca desapareció. Simplemente dejó de ocupar durante algunas décadas el centro del debate europeo sobre seguridad. La integración económica, la construcción institucional europea y, sobre todo, la protección estadounidense permitió imaginar un continente en el que el poder militar tendría cada vez menos importancia.

La guerra de Ucrania ha cuestionado esa premisa.

Europa necesita capacidades comunes porque ningún Estado europeo puede afrontar por sí solo todas las amenazas actuales. Pero disponer de esas capacidades no basta. Su valor disuasorio depende, en última instancia, de que alguien esté dispuesto a asumir el coste político y militar de utilizarlas.

Y hoy esa autoridad sigue estando principalmente en París, Berlín, Varsovia, Madrid o Roma, no en Bruselas.

Tal vez la transformación que está viviendo Europa vaya por ahí: no sustituir al Estado-nación, sino devolverle capacidad para defenderse dentro de una arquitectura común.

Por eso, más que preguntarse si reforzar nuevamente al Estado supone una regresión, Europa tendrá que plantearse algo más incómodo: si puede permitirse prescindir de él en un entorno internacional cada vez más competitivo.

Rafael Gutiérrez de Cabiedes Castellanos, Analista Colaborador