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EL RETORNO DEL LEÓN Y EL SOL. ¿IRÁN LIBRE?

Este fin de semana se ha producido una ofensiva coordinada entre Israel y Estados Unidos contra el régimen de los ayatolás en Irán. La operación, denominada Furia Épica, comenzó el sábado 28 de febrero en lo que se considera su primera fase y ha culminado con la muerte del líder supremo iraní, Alí Jamenei, provocando una conmoción política de alcance histórico. Este episodio abre una nueva fase de escalada cuyo alcance temporal e impacto geográfico son imposibles de determinar. La respuesta militar al ataque, anunciada por el presidente de la República chií, fue inmediata. En cuestión de horas, Irán bombardeaba posiciones estratégicas en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania, Irak e incluso Chipre. Tras hacerse oficial la muerte de Jamenei, Teherán elevó el tono con amenazas directas a la comunidad internacional y advertencias de que sus fuerzas armadas actuarán con firmeza para destruir las bases de sus enemigos (¿Incluye esto las bases bilaterales de España y Estados Unidos en Morón de la Frontera y Rota?)[1]. Ante ello, Donald Trump ha declarado que cualquier nueva agresión será respondida con una fuerza “nunca antes vista”.

El sistema internacional entra así en una espiral de conflicto extremo, donde la incertidumbre se convierte en el principal factor de riesgo. El casus belli de la operación se fundamenta en el deterioro progresivo de los marcos de negociación —formales e informales— relativos a la proliferación nuclear iraní. Sin embargo, sería ingenuo pensar que EEUU e Israel eligieran este momento exclusivamente por esa razón. El antiguo imperio persa —cuya tradición estatal se remonta incluso a épocas anteriores al Imperio romano— llevaba décadas atravesando ciclos recurrentes de tensión social, protestas y erosión de legitimidad política. El Estado se encontraba debilitado, mientras la sociedad civil amplificaba cada vez más su descontento, cuestionando abiertamente el fundamento mismo del poder teocrático. Los adversarios de Irán observaban esta fragilidad —inédita en décadas— con paciencia calculada, como un ave de presa que espera el momento oportuno. Cuando la ventana de oportunidad se abrió, actuaron. El momento era ahora o nunca. A este respecto, EEUU e Israel  tienen objetivos claros: contener el programa nuclear iraní (percibido como amenaza directa para la seguridad de Israel), reforzar la arquitectura regional de disuasión y limitar la proyección geopolítica de China en Oriente Próximo.

Irán se encontraba frágil, pero no solo por presión externa. Irán es un régimen que reprime para sobrevivir. La debilidad estructural del Estado iraní es doméstica. El régimen ha sostenido su estabilidad durante décadas mediante un sistema de control social intensivo: censura, detenciones arbitrarias, persecución de disidentes, ejecuciones, represión sistemática de manifestaciones y vigilancia moral institucionalizada. Los hechos más recientes (graves disturbios iniciados el 8 de enero de 2026) muestran  la gran represión a la que está sometida la población civil iraní a manos de su propio régimen, el cual, durante años ha actuado con extrema dureza contra protestas pacíficas, causando miles de muertes entre sus propios ciudadanos. De hecho, Ursula von der Leyen, al referirse también a la muerte del ayatolá Alí Jamenei, señaló que el régimen iraní “ha matado a miles, miles de sus propios ciudadanos, miles de sus propios hijos”.

En este contexto, la Policía de la Moral, los tribunales revolucionarios y los aparatos de seguridad constituyen los pilares de un modelo político cuya legitimidad descansa más en la coerción que en el consentimiento. Las libertades civiles están severamente restringidas y la desigualdad jurídica, especialmente hacia las mujeres, forma parte estructural del sistema normativo. Las protestas contemporáneas en 2026 tuvieron un detonante anterior: la muerte en 2022 de Mahsa Amini, detenida por la Policía de la Moral por no llevar correctamente el velo. Su fallecimiento desató una movilización social sin precedentes bajo el lema Mujer, Vida, Libertad, convertido desde entonces en el eje simbólico de la resistencia civil iraní.

Al amparo de estas protestas generalizadas, otros movimientos han emergido con fuerza, especialmente un símbolo histórico: el León y el Sol. Este antiguo emblema nacional, anterior a la República Islámica, representa para muchos iraníes la memoria de una identidad estatal no teocrática, anterior al orden político surgido en 1979. Su resurgimiento no es meramente estético ni nostálgico. Es político. Es identitario. Es una disputa por el significado mismo de Irán. Para sectores crecientes de la población y de su forzada diáspora, el León y el Sol simbolizan la posibilidad de un Estado distinto: soberano, democrático y libre del control clerical.

Frente a este escenario, la ofensiva de Estados Unidos e Israel, aunque presentada públicamente como un gesto de apoyo al pueblo iraní y un impulso hacia la libertad y la paz, oculta objetivos estratégicos mucho más profundos. La operación pretende alterar el equilibrio de poder interno dentro de la república islámica persa, debilitando las estructuras del régimen y generando un espacio potencial para que la sociedad iraní se revele una vez más, quizás esta vez de modo definitivo, frente a su sistema de gobierno totalitarista. Sin embargo, esta retórica de apoyo a la libertad del pueblo iraní —como la utilizada por Donald Trump al instar a la población a “tomar el control de su gobierno”— refleja objetivos más amplios dentro de la ambición geoestratégica norteamericana. Como la reciente acción de EEUU en Venezuela culminada con el derrocamiento del régimen de Maduro, el ataque norteamericano a Irán pretende reforzar la influencia estadounidense para mantener su rol como potencia dominante y para reconfigurar la percepción global sobre su inmenso poder militar, proyectando autoridad frente a Rusia y China.

La posición de la Unión Europea (UE)[2] se ha mostrado inicialmente favorable a apoyar los esfuerzos de Estados Unidos frente al régimen iraní, en la medida en que Irán constituye una amenaza directa para la estabilidad regional y la seguridad internacional, especialmente por el desarrollo de su programa nuclear y su capacidad de Teherán para proyectar influencia a través de actores armados como Hezbolá, Hamás, los grupos insurgentes chiitas de Pakistán, Irak y Afganistán, o las milicias hutíes de Omán. Asimismo, varios Estados de la región —en particular Arabia Saudita y el resto de las monarquías sunitas del Golfo Pérsico— respaldan estos esfuerzos para frenar la expansión estratégica chiita, un paso más dentro de la histórica disputa religiosa entre chiitas y sunitas. Las motivaciones de las ricas monarquías sunnitas de Oriente Medio convergen en gran medida con las de la comunidad occidental: limitar la capacidad de influencia iraní, tanto en el desarrollo de armamento nuclear como en su apoyo —más o menos encubierto— a los distintos grupos terroristas patrocinados por Irán.

Como primera conclusión de esta terrible guerra que acaba de comenzar debemos constatar la profunda volatilidad del actual orden global, en el que el derecho internacional una vez más queda supeditado a la ley del más fuerte, una ley ante la que la Europa sigue sin estar preparada.

En el plano regional, el pueblo iraní tiene en sus manos la posibilidad de recuperar su libertad, aunque solo el tiempo dirá si la intervención militar de Israel y EEUU constituye una oportunidad real para un cambio de régimen en Irán o si, por el contrario, será un episodio más de recomposición hegemónica, que no sólo culmine en más sufrimiento para la población iraní, sino que complique aún más los necesarios procesos de democratización y estabilidad global. Este momento decisivo por tanto tiene dos caminos.  O el fin de la esperanza para el pueblo persa, uno de los primeros imperios de la historia, o el retorno del León y el Sol, emblemas de la tradicional identidad nacional libre de Irán.


[1] En lo relativo a esta cuestión ya se ha publicado que España ha rechazado prestar apoyo a la operación militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, desmarcándose así de la visión de Francia, Alemania y Reino Unido, que se han mostrado dispuestos a emprender incluso “acciones ofensivas proporcionales”.

[2]  Y sobre todo, la posición de la OTAN, comunicada a través del secretario general, Mark Rutte, en la BBC. Afirma que, “Hablé con todos los líderes europeos clave durante el fin de semana; hay un amplio apoyo a lo que está haciendo Trump”, “Irán está atacando a civiles inocentes que viven en Dubai y otras capitales de la región… estamos tratando con un régimen que es terrorista por naturaleza”.

Alicia González