Las elecciones locales y regionales que tuvieron lugar en Reino Unido el pasado 7 de mayo han dejado en el país un tablero político complejo para el laborista Keir Starmer, actual Primer Ministro. Los laboristas han perdido más de 1.100 concejales en Inglaterra, mientras Reform UK, formación de ultraderecha liderada por Nigel Farage, ha experimentado un fuerte avance electoral, capitalizando gran parte del descontento. No obstante, una de las imágenes más interesantes que nos dejan estos comicios es la de la victoria de las fuerzas nacionalistas o independentistas en las tres naciones periféricas: Irlanda del Norte, Gales y Escocia.
Respecto a los resultados de la última, el SNP (Scottish National Party) ha vuelto a imponerse en las urnas, tras mantenerse como principal fuerza de gobierno en Escocia desde 2007. Durante su campaña electoral, el partido ha asegurado la posibilidad de convocar un nuevo referéndum por la independencia en 2028 en el caso de obtener la mayoría absoluta. Aunque finalmente se haya quedado siete escaños por debajo de esta, la presencia de los Scottish Greens, también favorables a la independencia, demuestra que esta última no ha desaparecido del horizonte político británico, sino que continúa estando sobre la mesa.
Cuando se plantea la independencia escocesa, el debate suele centrarse en su posible integración en la Unión Europea, mientras que las implicaciones para la OTAN y la seguridad euroatlántica quedan relegadas a un segundo plano. Sin embargo, estas últimas resultan de vital relevancia, dado que la posición geográfica y las capacidades militares ubicadas en territorio escocés desempeñan un papel clave en la seguridad del Atlántico Norte y en la defensa del flanco septentrional de la Alianza.
En relación con la OTAN, la cuestión central no es simplemente si una Escocia independiente sería admitida en la Alianza, sino más bien si la independencia escocesa la fortalecería o debilitaría.
Las regiones del Atlántico Norte y del Alto Norte poseen una enorme relevancia en materia de seguridad y defensa, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. En este contexto, la posición geográfica de Escocia es clave, no sólo porque se encuentra a aproximadamente 300 millas náuticas al sur del Círculo Polar Ártico, sino también porque actúa como guardiana de la región y protectora de las líneas de comunicación entre Europa y Estados Unidos.
Escocia cuenta con una extensa y accidentada costa, además de numerosas islas periféricas, lo que le otorga control sobre una enorme área marítima que se extiende por el Mar del Norte y el Atlántico Norte, en dirección a las Islas Feroe y Noruega. Es por ello que, históricamente, el territorio escocés ha sido fundamental para responder a distintas amenazas externas. De hecho, tanto durante las dos Guerras Mundiales como durante la Guerra Fría, Escocia se convirtió en un núcleo militar estratégico para el Reino Unido y posteriormente para la OTAN. A pesar de la reducción de su importancia estratégica tras el colapso de la Unión Soviética y el posterior foco en los Balcanes y Oriente Medio, el interés geoestratégico en Escocia se ha revitalizado debido a varios factores: la invasión rusa de Ucrania, la apertura de nuevas rutas marítimas navegables, la aparición de China como actor estratégico en el Ártico y la creciente necesidad de proteger infraestructuras submarinas críticas.
Asimismo, al analizar la relevancia contemporánea de Escocia para la seguridad atlántica, resulta esencial abordar la relevancia del denominado GIUK Gap. Estas líneas marítimas imaginarias que separan Groenlandia, Islandia y el Reino Unido han recuperado importancia a medida que ha aumentado el interés geopolítico por el Ártico. Hoy en día, funciona como un choke point marítimo indispensable para contener a la Flota del Norte rusa, que opera principalmente desde la península de Kola. En otras palabras, el GIUK Gap está destinado a convertirse en uno de los espacios más importantes para la futura guerra naval y la estrategia marítima internacional.
Además, para garantizar su seguridad, la OTAN y el Reino Unido dependen en gran medida de las capacidades militares desplegadas en Escocia, especialmente en la base aérea de la Royal Air Force en Lossiemouth y en la base naval HMNB Clyde, en Faslane. La primera, Lossiemouth, constituye el centro estratégico de los aviones de patrulla marítima P-8A Poseidon, específicamente destinados a la guerra antisubmarina y a la vigilancia constante del GIUK Gap. Mientras tanto, Faslane alberga importantes submarinos, entre ellos, los nucleares armados.
Por último, la importancia estratégica de escocia radica también en el denominado concepto defensivo ruso del “Bastión”, mediante el cual Rusia busca proteger su flota de submarinos nucleares creando un perímetro de seguridad en sus accesos marítimos del norte. Así, la posición de Escocia es esencial para vigilar el tránsito de submarinos rusos y proteger la disuasión nuclear británica y aliada.
Todo ello plantea una cuestión crítica para la OTAN: ¿cómo se verían afectadas estas capacidades y ventajas geográficas por la independencia escocesa?
Sin duda, el problema más delicado es el nuclear, que resulta una gran encrucijada política. Aunque el SNP abandonó en 2012 su histórica oposición a la OTAN y actualmente defiende el ingreso de una Escocia independiente en la Alianza, mantiene al mismo tiempo una firme postura antinuclear y exige la retirada de los submarinos nucleares británicos de Faslane. Esto genera una evidente contradicción con una OTAN que sigue basando gran parte de su estrategia en la disuasión nuclear, sumado al hecho de que el valor estratégico del territorio escocés radica, en buena medida, en su carga nuclear.
Por otra parte, una eventual adhesión escocesa a la Alianza distaría mucho de ser automática. El artículo 10 del Tratado del Atlántico Norte exige el acuerdo unánime de todos los Estados miembro, por lo que el proceso no dependería únicamente de la voluntad política de Edimburgo. El Reino Unido tendría un papel altamente relevante, ya que sería el Estado directamente afectado por la independencia y por cualquier cambio en el uso de las bases militares, la cooperación en inteligencia o la continuidad de las capacidades desplegadas actualmente en territorio escocés.
A ello se suma otro problema fundamental: una Escocia independiente no heredaría de forma sencilla las capacidades militares que hoy se encuentran en su territorio, pues muchas de ellas forman parte de estructuras de mando, logística y defensa integradas en el conjunto del Reino Unido. Por tanto, crear unas fuerzas armadas escocesas propias implicaría construir nuevos marcos institucionales y operativos, además de negociar con Londres mecanismos de cooperación que eviten un vacío de seguridad durante la transición.
En definitiva, el verdadero reto para la OTAN si Escocia alcanzase la independencia sería garantizar que no se debilitase temporalmente una zona clave para la seguridad del Atlántico Norte. A largo plazo, una Escocia independiente podría convertirse en un aliado muy útil y geográficamente estratégico; a corto plazo, sin embargo, su separación del Reino Unido abriría un periodo de incertidumbre que puede que la Alianza no se pueda permitir.
Cristina Pérez Rascado, Analista Colaboradora
