El 27 de octubre, Israel celebrará sus primeras elecciones desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Que la campaña transcurra en el tercer aniversario de aquel día impregna cada discurso, cada encuesta y cada debate sobre quién debería gobernar el país. Pero lo que hace a estas elecciones relevantes más allá de las fronteras israelíes es una pregunta más específica: ¿cambia algo en Oriente Medio según quien gane?
La respuesta es que sí, y de forma sustancial.
Un mapa electoral que nadie controla del todo
El panorama político israelí de 2026 está fragmentado. Ningún bloque tiene garantizada la mayoría de 61 escaños necesaria para gobernar. Las encuestas más recientes apuntan a un escenario en el que la coalición de Netanyahu obtendría entre 50 y 52 escaños, frente a una oposición sionista que ronda los 57 a 60. La diferencia la pondrían los partidos árabes, con 11 escaños proyectados, cuya disposición a apoyar a un gobierno de centro-derecha sigue siendo la variable más delicada.
La sorpresa de esta campaña es Gadi Eisenkot. El ex jefe del Estado Mayor del Ejército israelí fundó en 2025 el partido Yashar, y en julio superó por primera vez al Likud de Netanyahu en intención de voto. Eisenkot no es un político de carrera, un militar. Él fue quien supervisó la estrategia israelí contra Irán y sus proxies durante años, y que después de octubre de 2023 llamó públicamente a un acuerdo de alto el fuego con Hamás cuando aún era tabú hacerlo. Esa combinación entre credencial de seguridad y disposición al diálogo le ha dado una base electoral que le arrebata votos al centro y a la derecha moderada.
Bennett y Lapid, por su parte, fusionaron sus partidos en abril bajo el nombre Beyahad con la intención de concentrar el voto opositor. El resultado ha sido decepcionante en términos electorales, y los sondeos los sitúan por detrás de Eisenkot. La unión, que debía sumar fuerzas, parece haber diluido la identidad de ambos líderes sin ampliar significativamente el bloque.
Netanyahu se enfrenta al coste de sobrevivir a todo
Benjamin Netanyahu ha completado una legislatura entera, algo que no ocurría en Israel desde 1988. Ha sobrevivido a cinco procesos judiciales, a la presión de sus propios socios de coalición y a la peor crisis de seguridad de la historia reciente del país. Y, sin embargo, gobernó los últimos años en una posición estructuralmente débil. Principalmente, depende de los partidos ultranacionalistas de Ben-Gvir y Smotrich para mantenerse en el poder, y por tanto incapaz de tomar decisiones que esos socios vetaran.
Eso explica, en buena medida, el bloqueo en Gaza. Israel impidió el funcionamiento del gobierno tecnocrático que Trump propuso para el enclave, retrasó la implementación del plan de paz estadounidense y mantuvo una guerra que no tenía salida política visible. No porque Netanyahu no viera la necesidad de una solución, sino porque ofrecerla le costaba el gobierno.
La guerra contra Irán, iniciada en febrero de este año, añadió otra capa de complejidad. El alto el fuego llegó por mediación pakistaní con los objetivos israelíes sin cumplir, y Teherán salió de la campaña con mayor peso regional e internacional del que tenía antes. Para un líder cuya credencial central era la seguridad, este desenlace es difícil de presentar como victoria.
Qué cambia en la región si cambia el gobierno
Aquí está el núcleo del análisis. Si la oposición logra formar gobierno el cambio más inmediato y perceptible sería en Gaza. Un gobierno sin los partidos ultraortodoxos y ultranacionalistas como condición de supervivencia podría avanzar en la segunda fase del plan Trump. Esto implicaría la entrada de un gobierno tecnocrático en el territorio palestino, la apertura de corredores humanitarios más amplios y, eventualmente, algún tipo de proceso político. Nada de esto es sencillo, pero dejaría de estar bloqueado por diseño.
En materia de Irán, hay que matizar la diferencia entre candidatos. Eisenkot es más propenso a la contención calculada que a la confrontación directa. Bennett, en cambio, ha prometido retornar a la estrategia de golpear directamente a Irán ante cualquier acción de sus proxies (lo que él llama la “estrategia del pulpo”) lo que implicaría mayor riesgo de escalada en un contexto de alto el fuego frágil. Son dos visiones distintas de la disuasión, y, por ende, esto importa a Teherán, a Riad y a Washington.
Para los estados del Golfo que han apostado por la normalización con Israel como herramienta de reconfiguración regional, un gobierno sin los socios de coalición más extremos de Netanyahu abriría conversaciones que hoy están congeladas. Varios actores regionales llevan meses, según ha señalado el propio Bennett, esperando al resultado israelí antes de tomar decisiones. Las elecciones del 27 de octubre no son solo un asunto interno.
El escenario más probable: cambio de caras, no de ecuación
Las encuestas apuntan a que Netanyahu perderá las elecciones. Pero en Israel ganar las elecciones y gobernar son dos cosas distintas. Por ahora parece que el bloque opositor no alcanza por sí solo los 61 escaños, y su capacidad de formar gobierno depende de una negociación compleja entre Eisenkot, Bennett y los partidos de centro-izquierda, con los partidos árabes como variable de fondo que ninguno de los candidatos principales quiere mencionar abiertamente.
El escenario más probable no es, por tanto, un gobierno de cambio limpio. Es una coalición amplia, heterogénea y con compromisos cruzados entre líderes con visiones distintas sobre Irán, Gaza y la cuestión palestina. Ese tipo de gobierno puede desbloquear lo que Netanyahu no podía por razones aritméticas, pero llevará tiempo estabilizarse, y durante ese proceso la región no esperará.
Lo que sí parece predecible es la dirección del cambio. Un gobierno sin Ben-Gvir ni Smotrich tiene margen para moverse en Gaza sin que la coalición se rompa. Eisenkot, cuya base electoral exige resultados concretos y no solo retórica de seguridad, tiene incentivos para avanzar en el proceso que Trump lleva meses presionando. Y la comunidad internacional, que ha mantenido abiertos canales discretos con la oposición israelí durante meses, tiene interlocutores con quienes negociar algo distinto a la gestión del conflicto.
La pregunta más difícil no es quién gobernará Israel el 28 de octubre. Es si ese gobierno, sea cual sea, tendrá la cohesión y tiempo para traducir un cambio de liderazgo en un cambio de rumbo que termine con la situación de estancamiento actual. Israel ha elegido antes a líderes que prometían romper el bloqueo y terminaron gestionándolo. La diferencia esta vez es que Oriente Medio, después de tres años de guerras encadenadas, tiene menos margen para aguantar otro ciclo de parálisis.
Gabriela de la Cuesta Megías, Analista Colaboradora
