Resulta frecuente que, dentro del ansioso y atolondrado mundo en el que vivimos, y a su vez por la propia naturaleza presentista del ser humano, tendamos a focalizarnos en exceso cuando nos acercamos a un problema en aquello que concierne al acontecimiento, la coyuntura, el accidente, lo que podríamos denominar l’histoire événementielle. Sin embargo, existe una dimensión temporal mayor la cual muchos estadistas parecen soslayar en la elaboración de sus informes, es aquella que concierne a la estructura o, más incluso, a la geografía, a los elementos más estables de la realidad, lo que el historiador francés Fernand Braudel llamaría la longue durée. La cuestión de la frontera México-EEUU, es un asunto tremendamente castigado por las exigencias del acontecimiento y la urgencia que este impone a los estadistas para trazar soluciones que se despreocupan de la larga duración. A menudo, desde la perspectiva estadounidense, el foco se establece en la contingencia del altercado circunstancial acaecido en la frontera o el tiroteo puntual llevado a cabo entre bandas de narcotraficantes. Este tipo de cuestiones “micro” deben ser objeto de consideración para elaborar planes de acción desde el Departamento de Estado norteamericano, pero no deben eludir la tan importante dimensión “macro” en las relaciones entre México y EEUU. Por consiguiente, el objetivo de este artículo será hacer honor a su subtítulo “una mirada geopolítica” y tratar aquellas cuestiones más ligadas al territorio y, por consiguiente, a la longue durée en lo concerniente a la frontera entre México y EEUU.
Como hemos señalado, la larga duración refiere en gran medida a aquellos aspectos ligados a la geografía, por lo que un buen análisis de la frontera México-EEUU con una mirada geopolítica exige una introducción donde se analice la naturaleza de su territorio. El valle de México puede ser considerado el valle del Nilo del nuevo continente, pues conforme a los grandes lagos que un día albergó se formó uno de los matrices de expansión de la civilización en América. El territorio mexicano es tremendamente montañoso por lo general y, a su vez, cuenta con una serie de divisiones internas. La zona norte, la que resulta de nuestro interés al conectar con EEUU, puede dividirse en tres partes. En el este, encontramos la cuenca del Río Grande, una zona desarrollada y especialmente conectada con EEUU. En el oeste, el desierto de Sonora y las tierras bajas son espacios relativamente estables. Sin embargo, es en el centro donde encontramos las montañas y llanuras septentrionales que constituyen el mayor foco de inestabilidad, siendo el paradigma de esta inseguridad Ciudad Juárez. En el pasado, esta área geográfica constituyó un escollo relevante para la conquista española, sirvió de refugio a Gerónimo y los apaches en el siglo XIX y, hoy en día, es el mayor bastión de los cárteles de la droga y donde tienen lugar la mayoría de los homicidios. Por consiguiente, será este espacio geográfico el más relevante para comprender los dos grandes desafíos que enfrentan México y EEUU en el largo plazo.
Algunos autores que tratado la cuestión de la frontera México-EEUU desde el foco de la longue durée, como Samuel Huntington, lo han hecho desde una posición alarmista, manifestando su inquietud por el riesgo que puede suponer la fuerte oleada de inmigrantes hispanos y, en concreto, mexicanos para la identidad nacional angloestadounidense. Sus tesis descansan en el rechazo a considerar la idea extendida de que la identidad nacional de EEUU se haya construido con las aportaciones de los distintos grupos de inmigrantes que fueron llegando a Norteamérica prácticamente desde su fundación, sino que la identidad del país es fruto de la cultura anglo-protestante llevada por los colonos en los siglos XVII y XVIII. Esta cultura tendría como fundamento el puritanismo disidente, un credo político basado en valores protestantes donde el trabajo individual garantiza el éxito y las ansias de libertad y participación ciudadana en la vida pública frente a los privilegios estamentales y ansias de concentración de autoridad son un mantra innegociable. De este modo, la inmigración posterior a la fundación de la nación se habría asimilado a esta cultura para pasar a formar parte de la identidad nacional estadounidense. No obstante, para autores como Huntington, esta identidad se ve amenazada por la nueva oleada de inmigración mexicana debido a que esta contiene elementos diferenciales al resto de oleadas de inmigración previa. El territorio del que proceden es contiguo a EEUU y el espacio donde se asientan está concentrado principalmente en el sur, en unas tierras que, además, fueron en su día una parte del país del que proceden: México. Por consiguiente, los inmigrantes mexicanos se sienten con suficiente fuerza demográfica y territorial para crear comunidades propias donde la asimilación a la cultura anglo-protestante se vuelve compleja, lo que ha provocado que estos grupos tengan tasas de nacionalización bajas y tasas de manejo de la lengua materna y de niveles de arraigo a sus orígenes altas en segundas y terceras generaciones. A causa de todas estas características diferenciales de la inmigración mexicana, los autores más alarmistas Huntington perciben una amenaza para la identidad nacional estadounidense.
No obstante, pretender conservar EEUU como una isla resguardada de su frontera con México como si emergiera un tercer océano en el límite sur del país y que la inmigración que llegara desde territorio mexicano se dispersara y asimilara como hicieran los europeos del siglo XIX es un idilio que no tiene en cuenta los límites impuestos por la geografía. EEUU y México están destinados a vivir en conexión lo quiera Huntington o no, lo que no implica que su destino final sea la desintegración del territorio estadounidense. Dado que la geografía impone límites, una opción más sensata sería que EEUU tratara de emplear esos límites en su propio beneficio.
En este sentido, hay que tener en cuenta las tesis que consideran los destinos marcados por la geografía, como las de Robert D. Kaplan. La creciente conexión entre EEUU y México transformará la forma de construir la Historia en el imaginario estadounidense, dejando de escribirse de este a oeste según su mito fundacional para comenzar a escribirse de sur a norte. Realmente, las tesis que presenta Kaplan parten de una inquietud más global que la de Huntington. Lo que pretende es poner sobre la mesa las consideraciones planteadas por algunos académicos y expertos norteamericanos en seguridad nacional que consideran la atención prestada por las élites de la costa este norteamericana a la estabilidad de México insuficiente en relación a la prestada a otros lugares mucho más remotos del planeta, en especial, Oriente Medio. Por ello, Kaplan, apoyándose en otros autores, determina que el destino de EEUU pasa por aceptar su conexión geográfica y demográfica con México y trabajar así en la estabilización y desarrollo de su vecino del sur para avanzar hacia un nuevo sistema en su modo de pensar y actuar globalmente.
En este sentido se haría evidente que, en un contexto donde Eurasia se encuentra cada vez más conectada y la influencia china amenaza con más fuerza que nunca, la única alternativa que queda para EEUU es abandonar su posición de hegemonía y consolidar el dominio dentro de su área de influencia geográfica para adquirir una actitud de fortaleza y un destino honroso en un mundo multipolar. Una Eurasia unida solo puede contrarrestarse con una América unida, al menos en su dimensión norte. Por consiguiente, esto debe pasar por una estabilización de México, un país cuya frontera norte, como ya hemos comentado, se encuentra sometida al poder de los cárteles de la droga, que actúan con una violencia extrema y con bastante autonomía ante los altos niveles de corrupción de autoridades que impiden una persecución eficaz de estos grupos por parte de las élites de Ciudad de México. Por consiguiente, según este razonamiento, los recursos empleados por Washington para intervenir en Oriente Medio u otros lugares remotos estarían mejor empleados en una lucha eficaz contra el narcotráfico.
Esta línea de razonamiento tiene más en consideración los destinos de la geografía y, por consiguiente, puede ser considerada, como óptima para seguir. Sin embargo, su correcta asimilación depende de dos matizaciones.
La primera matización recae en una diferencia de perspectiva con respecto a lo que aún resulta más beneficioso para la posición de EEUU y el modelo de orden mundial establecido fundamentalmente por él mismo. La propuesta de dominio norteamericano de su área de influencia geográfica podría interpretarse como una vuelta a la doctrina Monroe que, si bien podría suponer una suerte de giro hacia su patio trasero para procurar favorecer la estabilidad en el mismo y consolidar su posición en Norteamérica, tal vez podría acabar entendiéndose como una retirada de su función de policía de los mares y preservador del orden mundial mantenida a través de alianzas multilaterales establecidas en distintas regiones de Eurasia, estandarte que no tardarían en recoger sus enemigos más amenazantes. Todo esto en un contexto donde las posiciones aislacionistas y unilateralistas rezuman como no lo hacían desde hacía décadas en ciertos sectores políticos norteamericanos. Una retirada precipitada podría hacer estallar el orden mundial patrocinado por EEUU en el mundo y, entonces, al igual que en la 1ª y 2ª Guerra Mundial de poco le serviría su posición de gigante entre los dos océanos en un mundo aún más globalizado.
La segunda matización consiste en un entender el necesario buen uso de las disposiciones que propone la geografía. El Plan Mérida, aprobado por los presidentes George W. Bush y Felipe Calderón en 2008 es la principal iniciativa en la que se ha escrito el marco de colaboración de México y EEUU en los últimos años. No obstante, las iniciativas para poner en marcha una Norteamérica unida a partir de la estabilización de México parecen verse frustradas por las limitaciones propias de la puesta en marcha de una estrategia a seguir.
No hay acuerdo acerca de los pasos a dar para obtener la estabilización de México, siendo condición necesaria y prácticamente suficiente para la misma el fin del narcotráfico. Algunos autores señalan que el Plan Mérida ha supuesto un envío constante de armamento por parte de EEUU al ejército mexicano que ha reforzado la militarización del conflicto y una estrategia de “kingpin”, esto es, asesinato de los capos de las organizaciones. Esta militarización solo habría supuesto que el número de homicidios haya aumentado un 84% desde 2015 mientras que los niveles de sobredosis en EEUU siguen en ascenso al tiempo que la eliminación de los grandes narcotraficantes habría ocasionado conflictos de poder internos en los grupos dando paso a más violencia local. Los defensores de esta tesis proponen que la estabilización de México no se conseguirá a través de las armas, sino a través de programas de desarrollo, lucha contra la pobreza, educación y concienciación contra las drogas que reducirá indefectiblemente el poder del narcotráfico. Desde luego, los pasos dados por el presidente Trump en los territorios fronterizos de EEUU y México con la intervención del ICE parecen apuntar en la dirección contraria. Por tanto, si bien la geografía apunta a que EEUU debe centrarse en colaborar con México, no puede perder de vista qué papel juega la agencia humana en el establecimiento del plan a llevar a cabo. Sea como fuere, parece claro que la geografía y el potencial demográfico de su vecino del sur obligará a que la historia de EEUU esté marcada por el destino de México. Teniendo en cuenta esta limitación, tratar de trabajar en una frontera sur estable a largo plazo antes que procurar mantener la pureza nacionalista anglo protestante. Sin embargo, será preciso tener en cuenta las dudas que surgirán día tras día en los departamentos de seguridad nacional de Washington acerca de que estrategia emplear para obtener un México desarrollado y que serán indefectiblemente en gran medida producto de las exigencias que impondrá la coyuntura del momento.
Abel Juan Agut Rabadán, Analista Colaborador
