En un momento en el que el mundo experimenta transformaciones a una rapidez sin precedentes, las sociedades contemporáneas se encuentran en una encrucijada marcada por una profunda reconfiguración del panorama internacional. En el siglo XXI, la jerarquía internacional ya no se transforma únicamente como consecuencia de los conflictos abiertos, sino también mediante la redefinición de las estrategias de influencia. En este contexto cambiante, la India se presenta como un país cuya trayectoria despierta el interés y la curiosidad acerca de cómo ha conseguido Nueva Delhi convertirse en un actor esencial en el tablero internacional.
La India ha marcado un punto de inflexión al adoptar un enfoque pragmático basado en la diversificación de sus alianzas. Esta estrategia pretende ampliar su abanico de socios y cooperar con ellos para evitar una dependencia excesiva. Así, Nueva Delhi desarrolla relaciones militares, económicas y tecnológicas con Estados Unidos, pese a las tensiones comerciales surgidas con la Administración Trump. En febrero de 2026, ambos países anunciaron un marco de acuerdo comercial que contemplaba una reducción de determinados aranceles. Sin embargo, las negociaciones volvieron a estancarse en octubre, entre otros motivos por las diferencias relativas a las compras indias de petróleo ruso. Esta situación demuestra que, incluso entre socios estratégicos, las relaciones internacionales siguen estando condicionadas por la defensa de los intereses nacionales.
Al mismo tiempo, Nueva Delhi mantiene el diálogo con Moscú, una relación que se remonta a los inicios de la Guerra Fría. En el contexto de la guerra de Ucrania, la India ha seguido recurriendo al petróleo ruso, priorizando la seguridad de su abastecimiento energético y sus intereses económicos. Esta decisión ha generado fricciones con Washington y evidencia una de las principales características del “multialineamiento”: la voluntad de cooperar con distintas potencias sin asumir automáticamente sus prioridades estratégicas. No se trata, por tanto, de mantener una equidistancia absoluta, sino de preservar la libertad de decisión en función de cada cuestión.
Esta posición responde a una realidad geopolítica caracterizada por las tensiones con China. Ambos países mantienen disputas territoriales y compiten por la influencia regional e internacional. Frente a un vecino cuyo peso económico y militar constituye un desafío estructural, la India no puede permitirse el aislamiento. Por ello, el Gobierno de Narendra Modi ha reforzado su cooperación en materia de seguridad a través del QUAD, integrado por India, Estados Unidos, Japón y Australia. No obstante, Nueva Delhi evita transformar esta cooperación en una alianza militar tradicional dirigida exclusivamente contra Pekín, pues pretende conservar su capacidad de maniobra y reducir el riesgo de una confrontación directa.
El “multialineamiento” se ha convertido también en una herramienta de negociación. Al demostrar que dispone de alternativas, la India refuerza su posición y su capacidad negociadora. En este sentido, la relación con la Unión Europea adquiere una importancia creciente. El 27 de enero de 2026 concluyeron las negociaciones de un acuerdo de libre comercio entre ambas partes, que todavía debe completar los procedimientos necesarios para su entrada en vigor. Este acercamiento refleja la voluntad europea de diversificar sus relaciones comerciales y la aspiración del país asiático de atraer inversiones, acceder a nuevos mercados y reducir determinadas dependencias exteriores. Asimismo, la cooperación industrial y militar con Francia, junto con el fortalecimiento de las relaciones con España, demuestra que Nueva Delhi busca consolidar vínculos bilaterales más allá de las grandes potencias tradicionales.
Este enfoque refleja una diplomacia pragmática que aspira a presentar a la India como una potencia capaz de influir en las decisiones internacionales sin quedar subordinada a un único bloque. Su participación en diferentes espacios de cooperación, desde el QUAD hasta los BRICS, ilustra esta voluntad de mantener abiertas distintas vías de influencia.
Sin embargo, esta diplomacia sería frágil si no contara con una base económica, industrial y tecnológica sólida. Por ese motivo, la India desarrolla una política orientada a reforzar sus capacidades productivas y científicas. A través de iniciativas de industrialización y de atracción de inversiones, el Gobierno pretende impulsar la fabricación nacional y reducir su dependencia de las importaciones estratégicas. En sus acuerdos de cooperación, Nueva Delhi concede especial importancia al acceso a conocimientos especializados, la transferencia de tecnología y la producción local. El objetivo es claro: convertir cada asociación internacional en una oportunidad de aprendizaje y en una palanca de desarrollo económico. De este modo, la cooperación exterior no solo permite adquirir capacidades, sino también construir una base industrial propia.
Por otra parte, la soberanía digital posee una dimensión económica y estratégica cada vez más relevante. La India ha desarrollado una infraestructura pública digital que incluye sistemas de identificación, plataformas de prestación de servicios y mecanismos de pago electrónico como la Interfaz Unificada de Pagos (UPI). Estas herramientas facilitan las transacciones, amplían el acceso a determinados servicios y permiten al Estado desarrollar soluciones tecnológicas a gran escala. Asimismo, ciudades como Bangalore y Hyderabad se han consolidado como centros importantes de innovación y servicios tecnológicos, reforzando la posición del país en la economía digital mundial.
La inteligencia artificial constituye un nuevo campo de esta estrategia. En febrero de 2026, Nueva Delhi acogió la India AI Impact Summit, una cumbre internacional centrada en las oportunidades, la gobernanza y la democratización de esta tecnología. Con ello, el país pretendía no limitarse a ser un mercado para las grandes empresas tecnológicas extranjeras, sino participar también en la definición de las reglas internacionales que orientarán el desarrollo de la inteligencia artificial. Esta ambición resulta especialmente significativa para los países del Sur Global, que buscan evitar que las decisiones tecnológicas queden concentradas exclusivamente en Estados Unidos y China.
Esta búsqueda de autonomía responde a una lección extraída de la historia reciente: los Estados excesivamente dependientes en ámbitos estratégicos pueden ver reducidas su libertad de acción y su capacidad de negociación. Las restricciones a la exportación de semiconductores, las interrupciones de las cadenas de suministro y las presiones económicas pueden comprometer rápidamente el desarrollo industrial de un país. Al desarrollar sus propias competencias, la India pretende reducir estas vulnerabilidades. No obstante, la soberanía digital no implica autarquía: en un sector caracterizado por elevados costes de investigación y una intensa competencia internacional, la autonomía exige combinar las capacidades nacionales con una cooperación exterior selectiva.
Pese a estas perspectivas, la India continúa afrontando importantes desafíos. Las desigualdades sociales, las tensiones religiosas, la discriminación vinculada al sistema de castas y las dificultades para generar empleo de calidad pueden limitar los beneficios de su crecimiento económico. Además, la dependencia de tecnologías extranjeras en determinados sectores estratégicos demuestra que alcanzar una autonomía efectiva será un proceso gradual. La cuestión fundamental consiste, por tanto, en transformar su creciente influencia internacional en un desarrollo sostenible e inclusivo.En definitiva, el ascenso de la India marca un punto de inflexión en el panorama internacional. Su estrategia de “multialineamiento” le permite aprovechar las oportunidades que ofrecen las rivalidades entre las grandes potencias, al tiempo que procura evitar una dependencia excesiva de cualquiera de ellas. La tecnología ocupa un lugar central en esta estrategia, como demuestran el desarrollo de su infraestructura digital, sus iniciativas industriales y la celebración de la cumbre internacional sobre inteligencia artificial en 2026. Algunos sostienen que la India representa un nuevo modelo de potencia para el siglo XXI, basado en la cooperación selectiva y la autonomía estratégica. Sin embargo, su éxito dependerá de su capacidad para conciliar sus ambiciones internacionales con sus necesidades económicas y sociales. En un mundo en plena transformación, el caso indio demuestra que la influencia ya no depende únicamente de la fuerza militar o del peso económico, sino también de la capacidad de diversificar alianzas, dominar tecnologías esenciales y preservar la libertad de decisión.
Loreto Arnau Moreno, Analista Colaboradora
