La construcción de una identidad nacional en la República Democrática del Congo es uno de los casos de estudio que mejor ilustran la problemática de intentar enarbolar un nacionalismo asentado en un territorio marcado por la tensión entre los proyectos de unidad política y la persistencia de las divisiones étnicas. Aunque las instituciones actuales promueven un nacionalismo de carácter cívico, su consolidación continúa condicionada por una trayectoria en la que el discurso nacionalista se ha utilizado tanto para impulsar la autodeterminación como para legitimar los intereses de determinadas élites. Comprender esta realidad exige analizar la herencia de Patrice Lumumba y Mobutu Sese Seko, así como los obstáculos históricos, políticos y económicos que dificultan la construcción de una comunidad nacional compartida.
En primer lugar, el proyecto nacionalista de Lumumba, el primer líder del Congo libre, se inspiraba en el panafricanismo y defendía una identidad nacional basada en la independencia política y económica, la autodeterminación y la superación de las divisiones étnicas. Su propuesta pretendía construir una nación que trascendiera las identidades particulares de las numerosas comunidades del territorio congoleño, unidas bajo principios comunes y frente a la dominación colonial. Esta concepción respondía a la voluntad de construir una nación moderna que no reprodujera necesariamente los modelos europeos del siglo XIX, sino que permitiera a una población diversa compartir un proyecto político propio. Sin embargo, este discurso, promovido principalmente por élites intelectuales, tuvo dificultades para arraigar socialmente y se vio truncado por el asesinato del propio Lumumba y la llegada al poder de Mobutu Sese Seko, respaldado por Estados Unidos.
Al contrario que en el proyecto de Lumumba, la idea de Mobutu para su proceso de construcción nacional fue la defensa del concepto de “autenticidad”. La africanización de nombres, el cambio del nombre del país a Zaire y la creación de nuevos símbolos nacionales pretendían recuperar las raíces precoloniales y establecer una identidad diferenciada de la herencia europea. No obstante, esta recuperación del pasado fue selectiva y estuvo subordinada a los intereses del dictador, que utilizó el nacionalismo como instrumento de legitimación personal mientras acumulaba una enorme riqueza en un país sumido en la deuda y la corrupción. Aunque el régimen trató de superar las divisiones étnicas mediante la supresión del multipartidismo, Mobutu favoreció a su propio grupo, los ngwandi, distribuyendo privilegios de forma desigual. De este modo, el discurso de unidad terminó reproduciendo las divisiones que afirmaba combatir.
Esta contradicción que acaba por favorecer ciertos grupos étnicos es una constante en la construcción nacional de muchos países africanos, y debemos establecer puentes entre pasado y presente para su análisis con rigor. La pluralidad étnica del Congo de más de 200 grupos étnicos y alrededor de 240 idiomas no constituye necesariamente un impedimento para la formación nacional, pero las diferencias consolidadas y formalizadas por las potencias europeas durante la etapa colonial si lo han hecho, al dotar a estas divergencias de mayor rigidez. La clasificación de comunidades según sus características lingüísticas y culturales, el refuerzo de determinados líderes locales y la conversión de algunas divisiones en categorías administrativas favorecieron la consolidación de fronteras identitarias que anteriormente podían ser más flexibles. Posteriormente, estas diferencias fueron instrumentalizadas por actores políticos que las utilizaron para consolidar su poder.
Las consecuencias de este proceso se observan en los conflictos posteriores a la caída de Mobutu. Durante las guerras del Congo, las identidades étnicas se vincularon con la organización de los bandos y con episodios de persecución y limpieza étnica. En el este del país, las guerrillas han justificado sus actuaciones como una forma de defender los intereses de determinadas comunidades, mientras que la rebelión de Kamuina Nsapu, en la región de Kasai, mostró cómo las disputas por el nombramiento de representantes locales podían transformarse en violencia contra quienes no pertenecían al grupo luba. Estos casos demuestran que las rivalidades étnicas no pueden interpretarse exclusivamente como enfrentamientos heredados del pasado, puesto que también responden a disputas por el poder y a intereses políticos y económicos contemporáneos.
En la actualidad, la recuperación del nombre de República Democrática del Congo y de los símbolos nacionales anteriores a Mobutu expresa la voluntad institucional de promover un nacionalismo cívico más próximo al proyecto de Lumumba. Frente al nacionalismo étnico, que privilegia una identidad particular, esta concepción pretende integrar a las diferentes comunidades bajo una misma ciudadanía. Sin embargo, la recuperación de símbolos compartidos no garantiza por sí sola la consolidación de una identidad nacional. Como plantea Anderson (2006), la nación constituye una comunidad política imaginada cuya construcción requiere procesos históricos y mecanismos de identificación colectiva. Esa identidad colectiva sería plausible de construir, aun con la dependencia de las divisiones y privilegios entre etnias generados por el colonialismo y etapas posteriores, si existiera una realidad material e institucional que la acompañara. Sin embargo, en la actualidad, el Congo se encuentra muy lejos de esa realidad.
Por un lado, encontramos en la riqueza natural de la República Democrática del Congo un fuerte elemento conflictivo. El control de recursos como el marfil, el petróleo y el coltán ha contribuido a alimentar las rivalidades internas y ha atraído intereses externos. Por tanto, los enfrentamientos no responden únicamente a diferencias culturales, sino también a la competencia por los recursos y a las oportunidades económicas que ofrece su explotación. La intervención de actores externos interesados en estos recursos dificulta la estabilización del territorio y contribuye a perpetuar las condiciones que obstaculizan la consolidación estatal. La dimensión étnica de los conflictos no debe ignorarse, pero tampoco puede separarse de los intereses materiales y políticos que influyen en su desarrollo.
Por otro lado, destaca la persistencia de la corrupción y de un sistema institucional caracterizado por la malversación, los abusos de los cargos públicos y la utilización del Estado en beneficio de quienes lo controlan. Estas dinámicas, presentes desde la etapa colonial y reforzadas durante el régimen de Mobutu, han debilitado la capacidad estatal para gestionar adecuadamente sus recursos y proporcionar servicios básicos a la población. La precariedad de la educación pública agrava esta situación, ya que limita las posibilidades de transmitir un discurso nacional compartido y de desarrollar una conciencia de pertenencia común. Así, la construcción nacional no depende únicamente de la existencia de símbolos o instituciones, sino también de la capacidad del Estado para generar confianza y responder a las necesidades de sus ciudadanos.
En definitiva, el caso congoleño demuestra que las divisiones étnicas condicionan, pero no determinan inevitablemente el fracaso de la construcción nacional. La instrumentalización política de estas diferencias, la explotación de los recursos, la corrupción y la debilidad de la educación pública han dificultado la consolidación de una identidad compartida. Por ello, avanzar hacia una nación inclusiva exige reducir los conflictos, fortalecer las instituciones y desarrollar mecanismos educativos y simbólicos que permitan integrar la diversidad sin imponer el predominio de una comunidad sobre las demás. La construcción nacional constituye, por tanto, un proceso prolongado que no puede completarse en una sola generación, pero que resulta posible si el Estado consigue convertir la diversidad de su población en la base de una comunidad política común.
Abel Juan Agut Rabadán, Analista Colaborador
