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Lo que Ankara no va a resolver

El 7 de julio, los líderes de las 32 naciones de la OTAN se reúnen en Ankara con un problema que el orden del día no recoge. La alianza gasta más que nunca, y a su vez, confía menos que nunca en que ese gasto sirva de algo si llega el momento.

En 2025, los aliados europeos y Canadá aumentaron su inversión en defensa en 139.000 millones de dólares en términos nominales. Algunos alcanzarán el objetivo del 5% del PIB ya en 2026, años por delante del calendario acordado en La Haya. El secretario general Mark Rutte había enmarcado Ankara como la cumbre de la “implementación”, con el objetivo de convertir promesas en capacidades reales. Eso era el plan hasta la guerra de Irán.

Cuando EEUU lanzó la Operación Epic Fury contra Irán, la pregunta sobre qué significa exactamente ser miembro de la OTAN dejó de ser teórica. España cerró su espacio aéreo a los aviones estadounidenses implicados en la guerra y denegó el uso de las bases de Rota y Morón, forzando la reubicación de 15 aeronaves americanas. La ministra Robles calificó la guerra de “profundamente ilegal y profundamente injusta”. Trump respondió con amenazas comerciales. El agravio quedó registrado.

Pero la posición española merece más análisis que simpatía. España lleva años en el 1,28% del PIB en defensa. Cuando el resto de los aliados alcanzaban el 2% comprometido en 2014, Madrid incumplía. Cuando La Haya elevó el objetivo al 5%, Sánchez ya había rechazado previamente subir el gasto según los compromisos acordados. Un aliado que durante años no cumple con su parte de la carga colectiva, y que además veta operaciones del socio que más contribuye a su seguridad, no está tomando una posición moral, y está eligiendo cuándo le conviene ser miembro. Eso tiene un nombre en el lenguaje de las alianzas, y no es neutralidad.

Lo que siguió fue más grave que la disputa en sí. Trump afirmó que estaba fuertemente considerando retirar a EEUU de la OTAN, describiendo la alianza como un “tigre de papel”. Rubio, que como senador fue uno de sus principales defensores, declaró que “no hay duda de que, una vez concluido este conflicto, vamos a tener que reexaminar esa relación”. Estas declaraciones se leyeron como presión negociadora. Puede que lo sean. Pero el argumento que articula Washington tiene una lógica difícil de desmontar. Si los aliados deniegan el uso de bases que EEUU financia cuando Washington considera que las necesita, ¿qué garantiza el Artículo 5 en sentido inverso?

La respuesta europea es técnicamente justificada. Irán no atacó a ningún miembro de la OTAN, por lo que el Artículo 5 no aplica. Pero esa respuesta ignora que la alianza opera sobre un capital de confianza que va más allá de la literalidad de los tratados. Cuando ese capital se agota, el texto jurídico no lo recupera.

Aquí reside la paradoja que Ankara no va a resolver. Solo el 11% de los europeos considera hoy a EEUU un aliado, frente al 22% en noviembre de 2024, y el 25% lo ve directamente como un rival o adversario. La desconfianza hacia Washington es máxima. Sin embargo, aproximadamente el 60% del equipamiento militar europeo es de importación estadounidense, y el 100% del cloud computing relevante para instituciones europeas está en manos de proveedores americanos. Europa está construyendo su autonomía estratégica sobre una dependencia estructural que no desaparece por decreto.

El E5 (Alemania, Francia, Italia, Polonia y Reino Unido) se reunió en Berlín el 24 de junio para coordinar posiciones de cara a Ankara. El encuentro abordó el repliegue gradual de EEUU no solo en tropas, sino en lo que los analistas llaman “habilitadores estratégicos”, es decir, logística, repostaje aéreo, defensa antimisiles, mando y control. Son exactamente las capacidades que Europa no puede replicar a corto plazo, independientemente de cuánto gaste. Washington no está retirándose de la planificación de la OTAN de golpe, pero está revisando qué está dispuesto a proveer de forma inmediata ante una crisis, y presionando a los europeos para que asuman esas capacidades de alto nivel que siguen siendo desproporcionadamente americanas.

El problema de fondo no es, por tanto, el porcentaje del PIB. Son dos décadas de subgasto que han creado una asimetría que solamente el tiempo puede corregir, independientemente del dinero que se invierta. Por ello, lograr la autonomía estratégica europea en defensa será un proceso que se extenderá al menos dos décadas. Esto no es una perspectiva pesimista, es una lectura honesta de lo que significa construir inteligencia satelital propia, capacidades de ataque de largo alcance y una industria continental cuando el punto de partida es una fragmentación de 27 mercados nacionales.

En el mejor de los casos, los europeos lograrán un tono amistoso con Trump en Ankara esta semana, tal y como se hizo en el G7, y esto les dará algo de margen frente a futuros redespliegues. En el peor, la grieta reaparece en la cumbre y acelera el repliegue americano.

Ankara no va a ser el momento en que la OTAN se reinventa. Va a ser el momento en que la Alianza tiene que demostrar que puede funcionar bajo una tensión para la que no fue diseñada. El riesgo real no es la salida formal de EEUU, que el Congreso bloquearía. Si Washington reduce su presencia en los ocho battle groups del flanco oriental o deja de participar en los ejercicios de planificación de crisis, el Artículo 5 permanece en el papel, pero la disuasión real se evapora. Es un desacople silencioso y funcional. El problema es que la disuasión no depende del texto del tratado. Depende de que Rusia (u otros países) crean que EEUU respondería. Y esa creencia, una vez puesta en duda, no se restaura con una declaración de cumbre.

Gabriela de la Cuesta Megías, Analista Colaborador