El pasado 13 de agosto, el presidente ruso Vladímir Putin realizó su primera visita a las islas Kuriles, un archipiélago situado en el Extremo Oriente cuya soberanía es disputada desde hace décadas por Rusia y Japón. La visita, que tiene lugar en un contexto de creciente tensión diplomática entre Moscú y Tokio, provocó una inmediata reacción del gobierno japonés y volvió a situar la disputa territorial en el centro de las relaciones entre ambos países.
Las islas Kuriles o islas Chishimas, su denominación japonesa, son un archipiélago de islas en su mayoría volcánicas localizado entre la península rusa de Kamchatka y la isla japonesa de Hokkaido. Su superficie total es de aproximadamente 15.590 kilómetros cuadrados. En ellas hay una enorme riqueza natural junto con una gran cantidad de recursos energéticos (mayoritariamente petróleo y gas natural), reservas minerales y una gran actividad pesquera. La disputa por las islas se remonta a mediados del siglo XIX. En 1855, Rusia y Japón firmaron el Tratado de Shimoda, que estableció la frontera entre ambos países al norte de Iturup, dejando bajo control japonés las cuatro islas más cercanas a Hokkaido: Iturup, Kunashir, Shikotan y Habomai. En 1875, el Tratado de San Petersburgo otorgó al entonces Imperio de Japón el control de toda la cadena de las Kuriles a cambio de que Rusia obtuviera el dominio pleno de la isla de Sajalín. Tras la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), Japón recuperó además el control de la mitad sur de Sajalín. La situación cambió radicalmente en las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial. En agosto de 1945, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió las Kuriles, ocupando todo el archipiélago, incluidas las cuatro islas meridionales que Tokio considera parte de su territorio.
Entre 1947 y 1949, la población japonesa de estas islas fue deportada al territorio continental de Japón. En 1951, el Tratado de San Francisco obligó a Japón a renunciar a sus derechos sobre las Kuriles, aunque el texto no especificó el destino de las cuatro islas más australes y la Unión Soviética no firmó el tratado. Japón sostiene desde entonces que estas cuatro islas no formaban parte de las Kuriles a las que renunció, sino que constituyen sus denominados “Territorios del Norte”. Los intentos posteriores por resolver la disputa tampoco prosperaron. En 1956, la Declaración Conjunta Japón-URSS restableció las relaciones diplomáticas y contempló la transferencia de Shikotan y Habomai tras la firma de un tratado de paz, pero Tokio continuó reclamando las cuatro islas. Las negociaciones posteriores tampoco lograron cerrar el conflicto. En 2010, el presidente ruso Dmitri Medvédev se convirtió en el primer mandatario en visitar las islas, provocando una fuerte protesta japonesa, mientras que desde 2015 Rusia ha reforzado progresivamente su presencia militar en el archipiélago, en momentos en que la atención internacional se concentraba en otros frentes de tensión con Moscú.
El 13 de agosto de 2026, Vladímir Putin visitó las islas Kuriles, desplazándose a Iturup, donde estuvo acompañado por el gobernador de la región de Sajalín, Valeri Limarenko. La primera parada de su programa fue el complejo de procesamiento de pescado Yasny, donde recorrió las instalaciones, conoció el proceso de producción y conversó con los trabajadores. Durante la visita, se le mostraron algunas de las principales capturas de la zona y probó productos elaborados en el propio complejo. Posteriormente, Putin visitó el hospital del distrito de Kurilsk, donde conversó con el personal sanitario y se interesó por las condiciones de los servicios médicos de la isla. El mandatario visitó también la escuela local, donde recorrió las instalaciones, habló con los alumnos y conoció un programa de formación en drones en el que los estudiantes construyen y manejan distintos tipos de aeronaves no tripuladas. Finalmente, Putin mantuvo un encuentro informal con residentes y estudiantes de la localidad.
La visita se produjo además en un contexto marcado por la actividad militar rusa en el Extremo Oriente. Antes de desplazarse a Iturup, Putin participó en los ejercicios navales de la Flota del Pacífico y presidió una reunión militar centrada en la seguridad de las fronteras orientales de Rusia. La combinación de ambas actividades situó el viaje en un contexto más amplio de reafirmación de la presencia rusa en la región. Aunque las actividades desarrolladas en Iturup estuvieron principalmente relacionadas con cuestiones civiles, el hecho de que Putin visitara personalmente una de las cuatro islas cuya soberanía reclama Japón otorga a la visita una importante dimensión política. Para Moscú, se trata de una demostración de su control efectivo sobre un territorio que considera parte integrante de Rusia.
La visita provocó una rápida reacción del gobierno japonés. La primera ministra Sanae Takaichi calificó la presencia de Putin en Iturup como “absolutamente inaceptable” y reiteró que los Territorios del Norte constituyen territorio inherente de Japón. El ministro de Exteriores, Toshimitsu Motegi, convocó al embajador ruso en Tokio y presentó una protesta formal, señalando que la visita perjudicaba unas relaciones bilaterales ya deterioradas por la guerra de Ucrania. El gobierno japonés estudió además posibles medidas adicionales, entre ellas el endurecimiento de las sanciones económicas contra Rusia o la retirada temporal de su embajador en Moscú, aunque finalmente no adoptó ninguna de ellas. Rusia respondió defendiendo su soberanía sobre las islas y, el 18 de agosto, convocó al embajador japonés en Moscú para protestar por las declaraciones de Takaichi y Motegi.A corto y medio plazo, las perspectivas de una solución negociada parecen muy poco probables. Moscú mantiene un control efectivo sobre las islas, mientras Tokio sigue reclamando su devolución. La visita de Putin no modifica formalmente el conflicto, pero sí reafirma la posición rusa y muestra que las Kuriles continúan teniendo una dimensión tanto territorial como estratégica. En este contexto, la disputa seguirá vinculada a la evolución de las relaciones entre Rusia y Japón y a la creciente tensión de seguridad en el Extremo Oriente.
Diego Soto Aguilera, Analista Colaborador
